A lo largo de más de treinta años, Mark Kirkland se convirtió en una pieza fundamental en la construcción visual y narrativa de Los Simpson. Director veterano, responsable de más de 80 episodios, arquitecto de algunas de las entregas más memorables de La casa-árbol del terror y testigo directo de la evolución de la serie desde sus primeras temporadas, Kirkland recuerda su trayectoria con una mezcla de humildad y orgullo contagioso.
En una conversación reciente con Nancy Cartwright para su pódcast Simpsons Declassified , el director compartió recuerdos y detalles inéditos sobre su llegada a la serie, el proceso de creación, la cultura interna del equipo y la filosofía detrás de algunos de los episodios más emblemáticos.
El inicio de una aventura inesperada
Antes de aterrizar en Los Simpson, Kirkland trabajaba en producciones de animación en Hanna-Barbera y en anuncios para Klasky Csupo. Fue precisamente en medio de un proyecto publicitario con Wes Archer cuando recibió una invitación determinante:
«¿Por qué no te vienes a trabajar con nosotros a Los Simpson?»
En aquel momento, la serie ya había emitido su primera temporada, que constaba de 13 episodios. El éxito fue instantáneo: «Desde el primer episodio sabían que era un monster hit», recuerda. Pero tras ese arranque fulgurante quedaron solo tres directores activos, lo que obligó a FOX a ampliar rápidamente el equipo ante el pedido de 24 episodios para la segunda temporada. Kirkland se convirtió así en el cuarto director contratado, y debutó con «Homer, el bailón» (02×05).
Al poco tiempo, Warner Bros. le ofreció un puesto mejor pagado para dirigir episodios de Tiny Toon. Mark lo recuerda con claridad:
«Rechacé más dinero para quedarme en Los Simpson porque lo que me atrapó fueron las historias y los personajes».

El ambiente interno y la identidad del estilo Simpson
Kirkland describe una verdad que pocas veces se escucha desde dentro de la industria: para trabajar en Los Simpson era necesario ser fan de la serie.
«Si no lo eras, no solías durar mucho», afirma.
Comparando su experiencia con Disney —donde estudió con algunos de los animadores que trabajaron en Bambi—, explica la diferencia creativa entre ambos mundos:
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En Disney, participar en un largometraje era como tocar en una orquesta, siguiendo una partitura rígida.
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En Los Simpson, en cambio, era como tocar en una banda de jazz, con espacio para improvisar, aportar estilo personal y hacer solos.
Esa libertad se dio siempre dentro de una disciplina férrea. Sam Simon les marcó reglas claras:
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Sitcom acting: la actuación debía regirse por la lógica de una comedia de situación.
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Nunca perder ritmo cómico: evitar planos donde los personajes cruzan de lado a lado porque “roban tiempo sin chiste”.
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Claridad absoluta: cada emoción debe expresarse con precisión.
También estableció algo fundamental para el ADN de la serie:
cuando se parodiaba una película, había que copiar el plano original sin miedo, incluso si nadie captaba la referencia. Un plano bueno sigue siendo un plano bueno.

Storyboard y dirección: actuar con un lápiz
Kirkland concibe la animación como interpretación dramática:
«Los animadores son actores con lápiz».
Una vez que el equipo recibía la pista de audio definitiva con las voces grabadas, el director y los artistas escuchaban cada línea y marcaban en el storyboard los llamados beats: respiraciones, titubeos, silencios, risas, cambios de tono… cada gesto debía tener una reacción visual.
El ejemplo clásico es Bart mintiendo:
«Si Marge está delante, Bart no debe mirarla a los ojos. Mirará al suelo. Moverá los ojos. Tienes que ver que sabe que está mintiendo».

Un ritmo de producción extremo
En su época más exigente, un director tenía entre cinco y seis episodios simultáneos en distintas etapas:
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uno «storyboardeándose»
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uno en layout
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uno en Corea siendo animado
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uno regresando en color para montaje
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uno o varios en fase de retakes
Los retakes, explica, podían suponer hasta un 30 % del episodio reescrito después del primer montaje completo, con nuevas escenas, nuevos chistes y nuevas grabaciones.

Halloweens memorables: cariño por La casa-árbol del terror
Cuando recibió el primer guion de un episodio de Halloween, así se enteró de que lo dirigiría:
«Nunca te preguntaban. Simplemente encontrabas el guion en tu mesa»
Dirigió, entre otros, «La casa-árbol del terror VIII» (09×04), estructurado en tres segmentos:
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“El hombre ‘Homega’”, inspirado en The Omega Man
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“Mosca contra Mosca”, parodia de La mosca, storyboardeado por Matt Nastuk
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“Aquelarre precocinado”, cuento colonial de brujas con Marge de protagonista, storyboardeado por el propio Kirkland
Para recrear la estética histórica, antes de internet, el equipo enviaba documentalistas a bibliotecas y archivos físicos a recopilar imágenes de puertas coloniales, casas torcidas, calles de Nueva Inglaterra y bosques otoñales.
Mark recuerda un detalle obsesivo:
«Me enfadé cuando colorearon unas hojas de verde. Era otoño y las hojas no podían estar verdes. Era Halloween»
Sobre la construcción visual del miedo, explica que se inspiró en El gabinete del Dr. Caligari y Frankenstein:
«Las paredes inclinadas y los decorados torcidos hacen que el público se sienta incómodo sin saber por qué»

Episodios especiales y anécdotas detrás de cámara
«Kampamento Krusty» (04×01)
Lo describe como una supervivencia literal:
«Los plazos eran tan duros que sentí que realmente sobreviví a ese episodio»
Lleva en su gorra un pin que dice «I survived Kamp Krusty».
Cuenta que a James L. Brooks le gustó tanto que en un momento se valoró que fuera la película de Los Simpson, pero era demasiado corto y tuvieron que escribir la canción “Hail to the Kamp Krusty” para rellenar metraje.
«Marge contra el monorraíl» (04×12)
Lo llama un episodio épico:
«En el universo Simpson, todo lo que incluya un monorraíl tiene que ser especial»
«Última salida a Springfield» (04×17)
Cuando le preguntan por su episodio favorito entre los que dirigió, responde sin dudar:
«Última salida a Springfield»
Lo destaca por su riqueza visual, su tono surrealista y la cantidad de mundos distintos en solo 22 minutos.
La secuencia mafiosa de Homer la construyó copiando planos directamente de El padrino II tras estudiarlos fotograma a fotograma.

El valor de los huevos de Pascua y los chistes visuales
Kirkland disfrutaba especialmente de los chistes de rótulos y señales, hasta que los escritores se adueñaron de ellos para controlar exactamente la gramática y el contenido.
Recuerda un guiño personal en «Homer, el bailón» (02×05): una gasolinera llamada “Phil’s Gas”, homenaje a un amigo suyo.
«Después de eso los guionistas se quedaron con el control total de los carteles»

Una familia y una vida entera
Mark resume su experiencia en la serie con una frase emotiva:
«Pasábamos más tiempo juntos que con nuestras propias familias. Y al final, nos convertimos en una»
Hoy continúa dedicado al arte, la ilustración y la fotografía, y agradece a los fans lo que considera el privilegio de su vida profesional:
«Gracias a los fans, seguimos en el negocio durante tantos años»

Conclusión
La voz de Mark Kirkland confirma algo que explica por qué Los Simpson lleva más de tres décadas en pantalla: detrás de cada episodio hay obsesión, talento, valentía para probar cosas nuevas y un amor real por el medio y por los personajes.
Quizá ese sea el secreto imposible de imitar: una serie que se crea no desde arriba hacia abajo, sino desde dentro hacia fuera, desde la pasión de quienes la hacen.